martes, 18 de junio de 2024

LA ANTARTIDA ESTUVO EN LLAMAS DURANTE EL PERÍODO CRETÁCICO Y AFRONTÓ INCENDIOS FORESTALES POR EL VULCANISMO DE LA ÉPOCA.

 La Antártida fue perturbada por frecuentes incendios forestales directamente asociados con episodios volcánicos activos durante el final de la era de los dinosaurios, hace 75 millones de años.


Paleontólogos obtuvieron nueva evidencia de este evento a partir de muestras paleontológicas recolectadas en la Isla Rey Jorge, en el archipiélago de las Islas Shetland, en la Península Antártica, durante expediciones científicas realizadas por el Instituto Antártico Chileno (INACH) y el Programa Antártico Brasileño (Proantar).

La primera evidencia de la ocurrencia de incendios forestales en la Antártida ya había sido comprobada por el mismo investigador en 2015, en un artículo publicado en la revista Palaeogeography, Palaeoclimatology, Paleoecology. En 2021, otro estudio para la Antártida también presentó más evidencia sobre el tema.



Sin embargo, la nueva evidencia que presenta el estudio desarrollado por la Dra. Joseline Manfroti y colaboradores, durante su posdoctorado en el Instituto Antártico Chileno, demuestra que la Antártida efectivamente estuvo en llamas durante el período Cretácico, y la ocurrencia de incendios forestales fue frecuente. Y estos episodios de incendios estaban asociados al vulcanismo activo de la época.

Según los autores del estudio, los cambios ambientales globales se encuentran entre los mayores desafíos para la comprensión de la humanidad. En este sentido, la construcción de escenarios que faciliten la comprensión de la evolución ambiental de los más diversos ambientes del globo es de suma importancia.

"Y esta construcción va más allá de los signos actuales de perturbaciones en los ambientes, pero también es necesario prestar atención a estudios que representen una escala temporal más amplia. Por lo tanto, caracterizar y comprender los ambientes pasados de la Tierra, los paleoambientes y sus agentes perturbadores. (como el fuego), son herramientas fundamentales para la construcción de escenarios y modelos que permitan una mejor comprensión de la dinámica terrestre y ayuden a la conservación de la biota actual", explica Manfroi.



El continente de la Antártida, por ser considerado el continente de los extremos, es uno de los ambientes que cada vez más despierta interés investigador para una mejor comprensión. Además de ser el continente que presenta las condiciones más desfavorables para el desarrollo de la biodiversidad terrestre en la actualidad, debido a sus factores abióticos hostiles (como el frío significativo y la intensidad del viento), también es el continente que mejor conserva sus características ambientales, siendo un verdadero laboratorio natural que reúne condiciones excepcionales para el desarrollo de la investigación en ciencias básicas y aplicadas, lo que lo hace especialmente interesante desde la perspectiva humana.

A pesar de ser actualmente una gran masa de tierra aislada en el hemisferio sur, el continente antártico no siempre ocupó esta posición geográfica. A lo largo de las eras geológicas, se movió y cambió debido a los constantes movimientos tectónicos, ocupando diferentes posiciones en el globo a lo largo de su historia paleogeográfica. A lo largo de esta historia, los ambientes del sur cambiaron significativamente.



En tiempos remotos estuvieron dominados por una gran diversidad de especies que componían y/o habitaban grandes bosques, los cuales dejaron sus huellas a través del registro paleobotánico conservado en diferentes contextos geológicos de la Antártida, con énfasis en depósitos del período Cretácico.

Durante el período Cretácico, tal como ocurre en la actualidad, los incendios forestales eran elementos moldeadores muy comunes en los ambientes terrestres. Además de ser considerado uno de los factores de perturbación ambiental importantes en diferentes biomas, los incendios de vegetación pasados se evidencian, entre otras formas, por la presencia de carbón fosilizado, originado por el proceso de carbonización, que consiste en la quema incompleta de fragmentos de plantas que se conservan en el registro geológico. Diferentes factores influyen en la ocurrencia, frecuencia e intensidad de los incendios naturales en los ecosistemas, desde el clima estacional, la disponibilidad de material vegetal (combustible), la humedad y las formas y causas de ignición.



A través de esta investigación se sabe que los ambientes australes, durante el período Cretácico, también se vieron perturbados por la ocurrencia de incendios forestales, mucho más frecuentes de lo que se pensaba, que consumían parcial o totalmente la vegetación.

El análisis de estos fragmentos de fósiles vegetales carbonizados recuperados en depósitos del Cretácico en la Antártida, especialmente los recuperados en la Isla Rey Jorge, no solo permitió caracterizar la vegetación quemada, compuesta principalmente por plantas conocidas como gimnospermas.

También permitió el diagnóstico de los elementos involucrados en la ignición de la vegetación, posibilitando así la reconstrucción de un escenario paleoambiental de fácil comprensión.



"El intenso vulcanismo atestiguado en el Cretácico, que comprende gran parte de los estratos rocosos de la Antártida, fue también el impulsor de los incendios forestales ocurridos durante este mismo período. los flujos de lava fundida del vulcanismo activo que consumió la vegetación, sino el contacto de la vegetación con las nubes de cenizas calentadas, nubes piroclásticas, que fueron expulsadas por los volcanes, las cuales fueron preservadas en el registro geológico a través de finísimos sedimentos volcánicos, tales como tobas volcánicas. Estas nubes de ceniza calentadas llegaron a los bosques, provocando el inicio de incendios de vegetación natural", dice Manfroi.


martes, 28 de mayo de 2024

DESCUBREN EN ARGENTINA A UN TIRTANOSAURIO DE DIMENSIONES REDUCIDAS.

 En la vasta y remota Patagonia argentina, los científicos del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y varios museos asociados han hecho un descubrimiento que desafía las expectativas: el Titanomachya gimenezi. A diferencia de sus gigantescos parientes, este saurópodo pesaba solo 7 toneladas y medía 6 metros de largo, lo que lo hace considerablemente más pequeño que otros titanosaurios conocidos hasta la fecha.



El Titanomachya gimenezi se encontró en la formación La Colonia, un sitio conocido por su rica diversidad de fósiles. Este descubrimiento añade una nueva especie a la familia de los titanosaurios, y sugiere importantes vínculos evolutivos entre diferentes linajes de estos dinosaurios. La comprensión de estas conexiones podría ofrecer nuevas perspectivas sobre la biodiversidad y las condiciones ambientales del Cretácico tardío, un período crítico en la historia de nuestro planeta.

El Titanomachya gimenezi se encontró en la formación La Colonia, un sitio conocido por su rica diversidad de fósiles. Este descubrimiento añade una nueva especie a la familia de los titanosaurios, y sugiere importantes vínculos evolutivos entre diferentes linajes de estos dinosaurios. La comprensión de estas conexiones podría ofrecer nuevas perspectivas sobre la biodiversidad y las condiciones ambientales del Cretácico tardío, un período crítico en la historia de nuestro planeta.



La importancia de Titanomachya gimenezi radica en su tamaño atípico y las pistas que ofrece sobre la adaptación y diversificación de los titanosaurios. Estudiar a este dinosaurio proporciona a los científicos la oportunidad de explorar como factores como el cambio climático, la deriva continental y la competencia ecológica pudieron haber influido en la evolución de los saurópodos en Sudamérica.

Este descubrimiento enriquece nuestro conocimiento sobre los dinosaurios del Cretácico y abre nuevas preguntas sobre cómo estos majestuosos seres vivieron y evolucionaron en los paisajes antiguos de Sudamérica.



sábado, 4 de mayo de 2024

EL TIKTAALIK, EL PRIMER VERTEBRADO QUE SALTÓ DEL AGUA A LA TIERRA.

 El eslabón crucial que faltaba en la cadena evolutiva que dio el salto entre el mundo acuático de los peces al de los animales capaces de desplazarse por tierra firme fue descubierto en estado fósil: vivió hace más de 365 millones de años y se llama Tiktaalik.

Los ejemplares hallados por los paleontólogos en la región ártica de Canadá se conservan muy completos y en muy buen estado.

Sus parientes anteriores tenían aletas para nadar y eran de la familia de los Eusthenopteron, que evolucionaron durante el Devónico tardío —la llamada era de los peces— durante 26 millones de años.

Esos seres acuáticos pasaron a tener cuatro patas. En ellos, las aletas tenían extremidades donde se formaban dedos, aunque se mantenía sobre los huesos el tejido de la aleta, tenían mandíbula y paladar planos —en vez de verticales como los peces—, crearon un empalme en las muñecas de los miembros, había una región modificada en el oído y hasta podían mover el cuello.




El hallazgo, la investigación y la clasificación de Tiktaalik han corrido a cargo de reconocidos especialistas de la Academia Nacionalde la Ciencia de Philadelphia y de las universidades de Chicago, Harvard y Cambridge.

La evolución desde los peces con aletas a los animales terrestres de cuatro patas es uno de los pasos más importantes de la historia de la vida, al incluir innovaciones estructurales muy importantes en los vertebrados, incluyendo nuevos modos de locomoción, respiración y audición, según la investigación. Todo este proceso ocurrió hace entre 385 y 359 millones de años, en el Devónico tardío.

Durante ese periodo, las proporciones del cráneo se modificaron, los huesos que conectaban la cabeza con el tronco desaparecieron, y la región del oído medio cambió radicalmente. Tabién se alteró la pelvis, las costillas se ampliaron considerablemente, de los miembros surgieron dedos y nacieron las conexiones óseas entre las vértebras.




El descubrimiento de este nuevo pez-caimán (Sarcopterygian elpistostegalian) en el territorio Nunaavut del norte de Canadá pone al descubierto toda la transición de esos millones de años, según los científicos. El material fósil hallado proporciona nuevas pistas fiables para determinar los cambios morfológicos y funcionales asociados a todos los tetrapodos.

Tiktaalik vivió en zonas de marisma con muy poca profundidad en la antigua región de masas de tierra emergidas conocidas como Euroamérica. Aquellas regiones estaban conectadas con lo que hoy sería el Báltico. Los fósiles hallados tienen unas dimensiones de entre 75 y 150 centímetros. Las mandíbulas tienen entre 17 y 31 centímetros.



La pérdida de los niveles del agua fue la que povocó la imprescindible evolución de aquellos peces. Uno de los cambios más significativos es el de las vertebras —espinas en el pez— que no necesitaban apoyo por servir a un animal que flotaba. Tuvo que evolucionar a otro que debía apoyarse en el fondo y luego trasladarse por tierra y que precisaba costillas mas fuertes, que se conformaron más aplastadas.

El ajuste entre un medio acuático profundo que no precisa apoyar el alargado cuerpo y el achatado que sí se apoya también tiene que ver con la necesidad de mantener la capacidad torácica que precisa va el nuevo sistema respiratorio pulmonar.

Paralelamente se produce el cierre de las aperturas operculares empleadas por los peces, a los mecanismos de bombeo de aire bucales y costales de los animales de cuatro patas. De ahí que también el cráneo se ensanche y aumente la cavidad bucal. Estos cambios craneales se asocian también a los nuevos patrones de locomoción y alimentación, introduciendo una nueva gama de movimientos que permitían mover la cabeza.




La investigación concluye con que aquellas tierras mínimamente emergidas del continente euroamericano fueron el lugar idóneo y el factor decisivo para la evolución de la vida en la conquista de los espacios terrestres. La transición entre el agua y la tierra.


martes, 2 de abril de 2024

GRANDES GEÓLOGAS DEL MUNDO.

 Conocer mejor la Tierra. Así puede resumirse el apasionante objetivo que movió a las grandes geólogas a consagrar su vida a alguna de las muchas vertientes de esta ciencia. No les fue fácil, pero consiguieron avances significativos. Queremos hablar aquí de algunas de ellas para dar visibilidad a su figura y a sus logros.

La Geología estudia nuestro planeta. Su composición, su estructura, su dinámica evolutiva, su historia. Y tiene infinidad de aplicaciones prácticas que revierten en el desarrollo y bienestar de las personas que la habitan. Algunas de ellas son el aprovechamiento de las materias primas, la búsqueda de recursos hídricos subterráneos o la comprensión de los fenómenos naturales. Entre otras muchas.

Etheldred Benett:

En 1836, la Sociedad Imperial de Historia Natural de Moscú aceptó como nuevo miembro a un inglés experto en fósiles. El zar Nicolás I promovió al recién llegado al título de doctor honoris causa en Derecho Civil por la Universidad de San Petersburgo. Todo el proceso casi terminó en un problema de política internacional cuando se descubrió que el nuevo miembro de esa sociedad era una mujer.

La experta en fósiles era Etheldred Benett. Por su nombre poco común, a menudo era tomada por un hombre. A esto se unía el hecho de que nadie podía pensar que una señorita se dedicara a la búsqueda y clasificación de fósiles. Muy pocas hacían ciencia y, las que lo hacían, eran poco conocidas.

Así que los oficiales rusos dieron por hecho que su género era masculino. La misma Benett comentó que «los científicos, en general, tienen una opinión muy baja de las habilidades de mi sexo». Pero por la confusión del zar, Etheldred Benett fue doctora en una época en que las mujeres no podían acceder a la universidad.

El trabajo independiente de las geólogas en el siglo XIX comienza, probablemente, con ella. Ha sido descrita como «la más distinguida de las primeras mujeres que trabajaron en geología» de Gran Bretaña. Dedicó su vida a los fósiles, a la recogida de muestras, a su colección y, en último término, a la ciencia. Su colección de fósiles era interesante para los expertos de la época. De hecho, todavía se cita para el conocimiento de la evolución de muchos grupos de invertebrados.



Zonia Baber:

Esta geógrafa y geóloga nació en Illinois, Estados Unidos, en la segunda mitad del siglo XIX. Destacó por su labor pionera en la enseñanza de la geografía. Insistía en la importancia del trabajo de campo, porque creía que la simple memorización de nombres y lugares no era el objetivo. Además, fue una figura relevante en la reivindicación de la igualdad de derechos de las mujeres y las minorías.

Para Baber, la contextualización y elaboración de mapas era esencial para enseñar geografía. Quería transmitir a sus alumnos que los mapas contienen símbolos que corresponden a lugares y personas reales. Pensaba que, en vez de copiar los mapas, los estudiantes debían crear su propio método para confeccionarlos. De este modo, los interpretarían en términos reales.

En 1920, publicó Una propuesta para renombrar los círculos solares en el Journal of Geography. Su propuesta consistía en renombrar los trópicos de Capricornio y de Cáncer como Trópico Norte y Trópico Sur. Aunque hoy en día ambos términos son aceptados en el mundo de la geografía, no se realizó ningún cambio oficial de nomenclatura.



Marie Morisawa:

Esta geomorfóloga estadounidense de ascendencia japonesa fue una de las impulsoras de la revolución que su campo experimentó en las décadas de los 50 y los 60. En esos años pasó de ser una disciplina meramente descriptiva a dotarse de técnicas y herramientas cuantitativas que permitieron hacer análisis estadísticos del impacto de sus distintos fenómenos.

Como parte de sus investigaciones, estudió la geomorfología de los ríos, el impacto de los movimientos de las placas tectónicas y las amenazas y los riesgos geológicos, entre otras muchas cuestiones.

Durante su carrera, se interesó en un amplio espectro de fenómenos, como terremotos, corrimientos de tierras, inundaciones y actividad volcánica. También en otros aspectos de la geomorfología, como las placas tectónicas o el examen de las costas. Todo esto sirvió para iniciar el estudio de la geomorfología ambiental, es decir, cómo los elementos ambientales influyen en la forma de los paisajes y sus materiales.

Obtuvo muchas becas y premios a lo largo de su carrera. Se sentía especialmente orgullosa del reconocimiento como Alumna Distinguida de la Universidad de Wyoming. También del Premio como Educadora Sobresaliente de la Asociación de Mujeres Geocientíficas.

Además, fue vicepresidenta de la División de Geología y Geomorfología del Cuaternario, perteneciente a la Sociedad Geológica de Estados Unidos. Pero fueron la dedicación a la enseñanza y sus estudiantes lo que más satisfacción personal le reportó.



Tina Negus:

La zoóloga Tina Negus dijo lo indecible. A los 15 años, propuso una teoría que parecía descabellada, pero nadie la creyó. Ni su profesora de geología ni los investigadores del museo local. Sin embargo, eso no significaba que estuviera equivocada. De hecho, no lo estaba, pero solo era una adolescente cuando aseguró haber visto un fósil que probaba una vida de organismos complejos cuando la vida aún era inexistente.

Tina observó que era anterior a la etapa Cámbrica. Más tarde, se comprobó que, efectivamente, fue una forma de vida que habitó durante el periodo Ediacárico. Así que ella tenía razón. Fue un descubrimiento inigualable que no lleva su nombre porque, para cuando se quiso dar cuenta, ya había desaparecido del lugar en el que lo encontró.

Nadie supo en su momento que ese fósil también estaba siendo investigado por otro joven, llamado Roger Mason. Pero él tenía contactos con un geólogo académico, quien confirmó que el hallazgo era genuino. De modo que extrajo la pieza. Y su apellido le dio nombre al fósil: Charnia masoni.



Dorothea Bate:

En 1898 todavía era impensable que se contrataran mujeres para que desempeñaran su trabajo como científicas. Es más, era un disparate. Sin embargo, con 19 años, Bate tenía claro dónde empezar a dar sus primeros pasos sin importarle las normas que imperaban en ese momento.

El Muso de Historia Natural le pareció un buen sitio para hacerlo. El zoólogo Richard Bowdler Sharpe accedió a la petición de Bate después de comprobar que, sin tener estudios que avalaran su conocimiento, tenía enfrente a una mujer casi experta en fósiles mamíferos. Sin embargo, no todos estuvieron de acuerdo con esa decisión.

Viajó sola a sitios remotos y, cuando necesitaba ayuda, contrataba a hombres de la zona como guías e intérpretes. Entre 1901 y 1911, exploró las áreas montañosas de Creta, Chipre y las Islas Baleares. En las dos primeras, encontró fósiles de elefantes pigmeos e hipopótamos. En Mallorca descubrió el Myotragus balearicus. Muchos de los hallazgos eran nuevos para la ciencia.

Uno de los mayores descubrimientos que hizo en las islas mediterráneas tenía que ver con los rápidos cambios evolutivos de las especies. Bate encontró un diente de entre 10.000 y 800.000 años. Fue la prueba que evidenció la existencia de los elefantes y ciervos enanos. Sus descubrimientos han allanado mucho el camino de la zooarqueología y existen estudios que han seguido su estela.



Catherine Alice Raisin:

Cuando nació, en 1855, Catherine Alice Raisin era la única hija y la menor de todos los hijos del matrimonio formado por Daniel Francis Raisin y Sarah Catherine Woodgate. Debió de ser la primera y última vez que Catherine fue la última en algo. Toda su vida se dedicó a derribar puertas que, hasta ese momento, habían estado cerradas a las personas de su sexo.

Desde muy pequeña, sintió un interés especial por la geología. Al cumplir 18 años, comenzó a acudir al University College de Londres. Fue donde se inició en esta materia y luego siguió estudiando mineralogía, disciplina que terminaría por convertirse en su especialidad.

A partir de 1878, la Universidad de Londres empezó a admitir a las mujeres entre sus alumnos. Raisin se examinó y superó la prueba de acceso. Se preparó para obtener su título, equivalente a una licenciatura en geología y zoología, y después, el doctorado. Cuando lo consiguió, en 1898, se convirtió en la segunda mujer inglesa en obtener esta titulación.

Raisin se hizo famosa por su estudio y conocimiento sobre las serpentinas. Se trata de un tipo de mineral formado a partir de la alteración de los silicatos y su aspecto se asemeja al de la piel de una serpiente. En sus publicaciones describió una colección de unas 270 serpentinas distintas de diferentes regiones de Inglaterra.



Maria Gordon:

Esta geóloga y paleontóloga puso patas arriba varias cosas en su época. La más conocida fue la idea que se tenía de cómo se habían formado las Dolomitas, un conjunto de montañas al sur del Tirol, en los Alpes. En la zona había una gran abundancia de fósiles de coral. Por eso, la creencia general en su época era que se habían formado a partir de restos de un atolón de coral de un mar antiguo.

Gordon contradijo esa suposición. Sugirió que las montañas se habían formado por la torsión y el plegamiento de la corteza terrestre. Esta habría elevado a cientos de metros sobre el nivel del mar los estratos geológicos que una vez estuvieron a cientos de metros por debajo.

Pero no menos importante fue su impulso por romper barreras para las mujeres. Se empeñó en llevar a cabo lo que a ninguna le habían dejado hacer antes. Gordon fue la primera en conseguir un doctorado en ciencias en Reino Unido. Y también la primera en hacerlo en la Universidad de Múnich.

Fue pionera en su época, pero, ante todo, una científica. Eso era lo que más satisfacción le dio durante su vida.



Katia Krafft:

¿Os imagináis tener una vida llena de aventuras? ¿Y visitar los volcanes más peligrosos del mundo? Así fue la de Katia Krafft, una vulcanóloga francesa que dedicó toda su existencia a analizar estas estructuras por las que emerge el magma del planeta.

Estudió en la Universidad de Estrasburgo, donde se especializó en física y geoquímica. Allí conoció al que sería su marido y compañero, Maurice. Viajó con él por todo el mundo en busca de volcanes activos. El fin era filmarlos, fotografiarlos y analizarlos.

Los Krafft fueron vulcanólogos importantes gracias a la difusión del conocimiento. El trabajo de la pareja sobre volcanes fue muy importante para la comunidad científica. Sin embargo, su reputación no solo se basa en eso. Para ellos era necesario expandir esa información de todas las maneras posibles. Los Krafft eran tan activos como los volcanes que estudiaban. Y querían hacer ver al mundo lo impresionantes que resultan estos fenómenos geológicos.

Sus vidas terminaron de forma prematura. Murieron, junto a cuarenta periodistas que cubrían las erupciones del Monte Unzen, en Japón, a causa de un flujo piroclástico. Fueros unos científicos apasionados de su profesión que nos dejaron un legado comparable al tamaño de un volcán. Más de 300.000 fotos, 300 horas de vídeo, 20.000 trabajos geológicos y unas 6.000 litografías y pinturas antiguas.



Florence Bascom:

Según la RAE, una pionera es, en una de sus acepciones, una mujer «que da los primeros pasos en una actividad humana». Si buscásemos la definición en cualquier libro de esta disciplina científica, llevaría, sin duda, un nombre propio: Florence Bascom.

Fue la primera mujer doctora por la Universidad Johns Hopkins. La primera contratada por el Servicio Geológico de Estados Unidos. La primera en presentar un artículo de investigación en la Sociedad Geológica de Washington. La segunda mujer miembro de la Sociedad Geológica de Estados Unidos, pero la primera que formó parte de su Consejo. Además, fue vicepresidenta de esa misma asociación. La primera en todo. En definitiva, una auténtica pionera.

Profesora comprometida e investigadora respetada y admirada. Editora. Se podría definir de muchas formas a esta estudiosa polifacética y asombrosa que vivió a caballo entre el siglo XIX y el XX. Aunque, según sus propias palabras, la mejor sería «orgullosa profesora de futuras figuras femeninas de la geología». 



Marie Tharp:

Desde la antigüedad, tuvimos constancia de los océanos y mares. Pero nos era totalmente desconocido el enigma que guardaba el fondo marino. El mundo tuvo que esperar hasta el siglo XX para descubrirlo. Ese avance vino de la mano de Marie Tharp. Ella nos condujo al entendimiento de la geología y la geografía de nuestro planeta. Fue la persona que creó el primer mapa del suelo oceánico.

Tharp desarrolló un sistema de colores para pintar los mapas. Rojo para la zona volcánica, azul para la de llanuras abisales. Y púrpura para las dorsales oceánicas. Siguió trabajando durante veinte años con datos de expediciones oceánicas que se hicieron más tarde. El resultado de ese gran trabajo de documentación vino en 1977, cuando presentó el mapa mundial del fondo oceánico.

En palabras de esta gran geóloga: «Yo tenía un lienzo blanco para llenar con extraordinarias posibilidades. Un rompecabezas fascinante para armar. Eso era una vez en la vida, una vez en la historia del mundo. Fue una oportunidad para cualquier persona, pero especialmente para una mujer de la década de 1940″.



Inge Lehmann:

Todos sabemos que nuestro planeta está formado por diferentes capas: la corteza, el manto y el núcleo. Sin embargo, pocos conocen el nombre de Inge Lehmann, la sismóloga danesa que descubrió la discontinuidad que separa el núcleo externo del interno.

Fue llamada discontinuidad de Lehmann y fue, sin duda, su mayor descubrimiento. Esta discontinuidad sísmica fue descubierta en 1936 y demostró que existía un límite entre lo que hoy conocemos como el núcleo externo líquido y el núcleo interno sólido de la Tierra. El descubrimiento fue de gran importancia, ya que, hasta entonces, se creía que la Tierra era hueca. 

Gracias a las ondas sísmicas producidas por los terremotos, Lehmann publicó el artículo científico titulado «P». Con él, confirmaba su teoría y se ganaba el merecido respeto de la comunidad científica. Durante toda su vida se volcó en el mundo de la geofísica. En 1971 ganó la medalla William Bowie, la máxima distinción de la Unión Geofísica Americana, siendo la primera mujer en recibir ese galardón.

lunes, 4 de marzo de 2024

ENCUENTRAN UNA NUEVA ESPECIE DE DINOSAURIO ENANO HERBÍVORO QUE HABITÓ TRANSILVANIA.

  Un equipo internacional de investigadores ha descubierto una nueva especie de dinosaurio enano que habitó en el territorio de la actual Transilvania (Rumanía) en el período Cretácico, hace más de 70 millones de años.



Esta nueva especie de dinosaurios ha sido bautizada como "Transylvanosaurus platycephalus", que significa "reptil de Transilvania de cabeza plana".

Según explicaron sus descubridores, el "Transylvanosaurus platycephalus" habitó en la Isla de Hateg, situada en el desaparecido Mar de Tetis, dentro de las coordenadas de lo que es hoy es la región rumana de Hateg, donde los científicos encontraron los huesos de un ejemplar de la especie.

"Esta especie de dinosaurio, desconocida hasta ahora, tenía unos dos metros de longitud, caminaba a dos patas y pertenecía a la familia de los Rhabdodontidae", ha declarado el paleontólogo de la Universidad de Tubingen Felix Augustin, uno de los descubridores del "Transylvanosaurus platycephalus".



Así mismo se indicó que "el cuerpo del nuevo dinosaurio era de pequeñas dimensiones, como es el caso de otros dinosaurios descubiertos" en esta misma zona del oeste de Rumanía. Este tipo de dinosaurios, añadió el experto, se conocen como "dinosaurios enanos".

"Los recursos alimenticios limitados disponibles en esta parte de Europa en aquel momento llevaron a la reducción del cuerpo de estos animales", agregó Augustin sobre el motivo por el que estas especies eran más pequeñas que otros dinosaurios.

El hallazgo de los huesos se produjo en el perímetro del Geoparque Internacional UNESCO de Hateg, que puede visitarse y está situado a unas ocho horas por carretera o en tren desde la capital de Rumanía, Bucarest. 

jueves, 8 de febrero de 2024

ENCUENTRAN 50 HUEVOS FOSILIZADOS EN UN NIDO DE 29 MILLONES DE AÑOS DE ANTIGÜEDAD. EN OREGON ESTADOS UNIDOS.

 En un antiguo bosque templado en lo que hoy es Oregón, un insecto cavó profundamente en un banco de arena cerca de un arroyo. Allí, en una madriguera húmeda, puso decenas de huevos alargados, unos 50 en total. A pesar de su cuidadoso trabajo en la construcción de este vivero subterráneo, ninguno de los huevos eclosionó.

En cambio, los huevos, encerrados dentro de una vaina, se fosilizaron en una masa pedregosa y mineralizada. Y ahora, 29 millones de años después, constituyen un registro de reproducción de insectos que podría ser diferente a todo lo que los paleontólogos hayan visto antes.



Recientemente, las exploraciones por micro-CT de la caja del huevo revelaron no sólo que tenía millones de años, sino también que probablemente fue creado por un saltamontes. Los huevos y la construcción general del nido se parecen mucho a los huevos y las vainas de las especies modernas de saltamontes. Este conocimiento recientemente documentado ofrece una imagen más clara de ese antiguo ecosistema, confirmando que los saltamontes estaban presentes y prosperando allí, y que algunos tipos de saltamontes estaban enterrando sus huevos bajo tierra.

Los huevos de insectos son extremadamente raros en el registro fósil, y las cajas de huevos intactas son aún más raras. Esta es probablemente la única vaina de huevos de saltamontes fosilizada registrada y ofrece una visión de su reproducción que se remonta a la época del Oligoceno (hace 33,9 millones a 23 millones de años), informaron investigadores. 

“Este trabajo es emocionante porque una preservación tan excepcional proporciona información única sobre una de las etapas de la vida de los insectos menos comprendidas, particularmente en el pasado geológico”, dijo el autor principal del estudio, Jaemin Lee, ecólogo evolutivo y estudiante de doctorado en la Universidad de California, Berkeley. 

Fósiles delicados como este ejemplar suelen conservarse en depósitos lacustres junto con materia vegetal. Estos lugares tienden a ser anóxicos o pobres en oxígeno y relativamente estáticos, . Allí, los fósiles pueden formarse en paz, sin ser tocados por corrientes o bacterias. Pero hace millones de años, un río o arroyo pasaba por este lugar. Sin embargo, las condiciones que rodeaban esta vaina de huevo eran las adecuadas para que permaneciera enterrada y fosilizara sin ser molestada en condiciones casi perfectas, a pesar del ambiente dinámico del agua que fluye cerca.

En la superficie se veían 28 huevos elipsoides, cada uno de los cuales no medía más de 4,65 milímetros de largo y 1,84 milímetros de ancho (esto es comparable a los huevos de los saltamontes modernos, aunque el tamaño de los huevos puede variar según la especie). Los escáneres revelaron más de dos docenas de huevos más enterrados en la matriz en cuatro o cinco capas, dispuestos en un patrón radial. Algunos de los huevos estaban huecos, mientras que otros se habían llenado de sedimentos, informaron los autores del estudio.

"La mineralización que pudimos ver en cada uno de los huevos dejó muy claro que se trataba de una estructura de fosilización".

Como los huevos fósiles de insecto son tan escasos, no había muchos ejemplares disponibles para comparar. Así que Lee consultó una base de datos mundial de huevos de insectos, que contiene más de 6.700 especies vivas, para identificar los huevos de la cápsula fósil.



"Comparé las características definitorias de los huevos, como el tamaño, la relación longitud-anchura y la curvatura de cada uno de ellos, con las de los huevos vivos", explicó. "Huevos tan grandes, elípticamente curvados y con una puesta de gran tamaño (unos 50 huevos en total) son desconocidos en cualquier otro grupo de insectos vivos aparte de los saltamontes y las langostas".

Este inusual hallazgo proporciona una visión nunca vista de la reproducción en los antiguos parientes de los saltamontes modernos. El espécimen, prácticamente prístino, también demuestra el nivel de conservación de los yacimientos de fósiles del parque nacional. 

"El mero hecho de poder ver la estructura interna y describir correctamente su aspecto fue algo realmente emocionante para nosotros", dijo el paleontólogo. "No hay nada parecido en el registro fósil que conozcamos".

viernes, 5 de enero de 2024

EL FÓSIL DE UN MONSTRUO MARINO DE 2 METROS DE LARGO, FUE EXTRAÍDO DE LOS ACANTILADOS DE LA COSTA JURÁSICA DE DORSET, EN EL REINO UNIDO.

 Han pasado millones de años desde que los dinosaurios se extinguieron con aquel meteorito, pero aún se siguen encontrando miles de fósiles de estas bestias milenarias. Esta vez se ha hallado el fósil del cráneo de un pliosaurio, un salvaje reptil marino que causó estragos en los océanos hace unos 150 millones de años. El fósil, de 2 metros de largo, ha sido extraído de los acantilados de la Costa Jurásica de Dorset, en Reino Unido.

Según explican los expertos, este fósil es uno de los ejemplares “más completos de su tipo jamás descubierto y está brindando nuevos conocimientos sobre este antiguo depredador”.



La mandíbula inferior y el cráneo superior están entrelazados, como lo estarían en vida. En todo el mundo, casi no se han encontrado especímenes con ese nivel de detalle. Y si lo están, faltan muchos fragmentos, mientras que esto, aunque está ligeramente distorsionado: tiene todos los huesos presentes”.

El cráneo es más grande que la mayoría de los seres vivos, detalle que da una percepción de como podía ser el tamaño del espécimen. Aparte de su gran tamaño, una de las cosas que más llama la atención son sus 130 dientes afilados, los cuales podían matar a otro ser en un abrir y cerrar de ojos. Un aspecto que han resaltado los paleontólogos son las finas crestas que se ubican en la parte posterior de cada diente, herramienta que les ayudaba a perforar la carne y luego extraer rápidamente sus colmillos.

El pliosaurio era uno de los dinosaurios más letales y, con entre 10 y 12 m de largo, con cuatro poderosas extremidades en forma de aletas para impulsarse a gran velocidad, era el mayor depredador en el océano. “El animal habría sido tan enorme que creo que habría sido capaz de cazar eficazmente cualquier cosa que tuviera la mala suerte de encontrarse en su espacio”, dice el Dr. Andre Rowe de la Universidad de Bristol. “No tengo ninguna duda de que esto era algo así como un T. rex submarino”.




El fósil fue hallado de la forma más inesperada, durante un paseo por una playa cerca de la Bahía de Kimmeridge en la famosa Costa Jurásica del sur de Inglaterra. El descubridor del cráneo fue Phil Jacobs, un amigo de Steve Etches y compañero fanático de los fósiles. Jacobs se topó con la punta del hocico del pliosaurio que yacía en los guijarros. Pero, ¿Dónde estaba el resto del animal? Un estudio realizado con drones en la pared del acantilado encontró una ubicación probable al resto del fósil.